Mirar sin folklorizar
notas sobre prácticas vivas, vitrinas y mercancía
Mi
10/13/20263 min read


1. Tres verbos que se parecen y no son lo mismo.
Extraer es tomar de un territorio algo que no vuelve. Exotizar es mirar desde lejos y convertir la distancia en atractivo. Folklorizar es lo que se hace con una práctica viva cuando se la fija en una versión repetible y vistosa, se la separa de su tiempo, su lugar y su función, y se la presenta a un público que no la vive. Los tres pueden darse juntos, pero el tercero tiene una particularidad: suele hacerse con buena voluntad, y a veces con el consentimiento de quienes sostienen la práctica.
2. Una escena que desarma el reflejo nostálgico.
Un personaje de películas aparece en una fiesta tradicional. La primera reacción de quien mira desde fuera suele ser lamentar una contaminación. Esa reacción merece sospecha, porque es la exigencia de autenticidad de la que ya hablamos: pedir a una comunidad que no cambie para seguir siendo digna de atención. Eric Hobsbawm y Terence Ranger mostraron que muchas tradiciones presentadas como inmemoriales fueron inventadas o reformadas en períodos recientes, y que repetirlas con rituales fijos crea una continuidad que a menudo es construida. Raymond Williams habló de una tradición selectiva: lo que se presenta como “la tradición” es siempre una elección hecha desde el presente. Si toda tradición selecciona, incorpora y se reinventa, el criterio de pureza no sirve para distinguir lo vivo de lo muerto. El personaje de cine puede ser, simplemente, la manera en que una fiesta sigue ocurriendo hoy.
3. Qué sí es folklorizar.
No es incorporar lo nuevo. Es fijar y desprender. Tres operaciones lo definen:
Fijar una versión canónica. Se decide cuál es “la auténtica” y todo lo demás pasa a ser desvío. Quien decide casi nunca es quien la practica.
Separar la práctica de su función. Un baile ligado a una fecha, un lugar, una relación o un ritual se ejecuta fuera de ellos, en otro horario, para otro público.
Convertirla en producto. El uso que tenía para la comunidad (cohesión, memoria, celebración, deuda, devoción) cede ante el valor de exhibición: lo que importa es que se vea bien y pueda repetirse a pedido. Dean MacCannell lo llamó autenticidad escenificada, cuando la práctica se monta para parecer auténtica ante quien mira.
Néstor García Canclini sostiene que el patrimonio es un campo de disputa donde se negocian quién selecciona, qué se conserva y para beneficio de quién, y que el folklore entendido como reliquia ha servido más a quienes lo coleccionan que a quienes lo viven. Ticio Escobar discute la idea de un “arte del pueblo” estático y puro, y propone pensar lo popular como una producción contemporánea con sus propias lógicas. Por eso la pregunta útil no es “¿cuán auténtico es esto?”, sino “¿para quién se hace, quién decide su forma y qué cambia cuando se hace así?”.
4. Cuando la comunidad también se muestra.
Sería simplista pensar que folklorizar es siempre algo que otros hacen a una comunidad. A veces se hace a sí misma, y con razones. Gayatri Spivak habló de un esencialismo estratégico: asumir públicamente una identidad simplificada porque, en un contexto concreto, es la forma de ser reconocido y acceder a derechos o recursos, sabiendo que es una simplificación. Mostrarse “tradicional” frente a una institución puede ser una táctica legítima. Esto complica la crítica: quien lo hace no necesariamente ha sido engañado, y quien lo observa no tiene derecho a moralizar sobre ello. Lo que sí puede preguntarse es qué costo tiene esa estrategia, cuándo es una elección y cuándo una condición impuesta para recibir apoyo.
5. La tensión que conviene dejar abierta.
Salvaguardar una práctica y dejarla cambiar no son metas obvias de reconciliar. Los marcos de patrimonio inmaterial, como la Convención de la UNESCO de 2003, entienden el patrimonio vivo como algo que las comunidades recrean constantemente en respuesta a su entorno y su historia, lo que lo vuelve incompatible con la idea de congelarlo. Pero sin ninguna protección, una práctica puede desaparecer por falta de condiciones, y esa pérdida también existe. Conservar de más mata, y no hacer nada también. Este texto no resuelve esa tensión, solo propone no ocultarla.
6. Preguntas de prueba antes de abrir un proceso comunitario
¿Quién pidió este proceso y quién lo necesita?
¿Se hace para quienes viven la práctica o para quienes la miran?
¿Quién decide cuál es “la versión correcta”?
¿Quién gana dinero, reconocimiento o visibilidad, y qué le queda a quien sostiene la práctica cuando el proceso termina?
¿Puede la comunidad cambiar o rechazar el formato sin perder apoyo?
¿Qué dicen quienes la sostienen que ha cambiado en ella en las últimas décadas, y cómo lo nombran?